Viajando entre lineas

Moonrise Kindom

Hay frases que a fuerza de ser dichas una y otra vez pierden efectividad, frases cuya contundencia original queda sepultada bajo miles de repeticiones, frases que al menos en el sentido literario están prácticamente vedadas pues dejan de ser elocuentes tras convertirse en el lugar común favorito de la mayoría con lo cual su uso sólo es permitido cuando el escritor hace gala de una narrativa genial ante la absoluta necesidad de la misma. Porque hay frases que son insustituibles cuando se trata de expresar determinadas ideas, como aquella que expresa que no es el lector quien elige al libro, sino el libro quien elige al lector.

Recuerdo los primeros e infructuosos intentos de nuestro sistema educativo por lograr que mi generación se sintiera atraída por la lectura durante mis años de educación primaria. Decenas de libros transitaron por mis manos infantiles, títulos y títulos de grandes obras adaptadas a los gustos de un niño: Las mil y una noches exentas de sangre, en presentaciones individuales y sin siquiera una mención de Scheherezada; los cuentos clásicos de Charles Perrault y los hermanos Grimm desprovistos de mutilaciones; Moby Dick reducida a 20 paginas… En fin, delgados libros de hermoso diseño, pocas y grandes letras, muchos y atractivos dibujos, en cuyos diseños no dudo que haya existido buena voluntad, pero como dicen de buenas intensiones está tapizado el camino al infierno. A aquellas historias les faltaba el alma, el espíritu que sus creadores querían plasmar con cada palabra y simbolismo empleado.

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