El ascenso del Circulo de Lovecraft

La mañana del 15 de marzo de 1937, hace 80 años, fallecía en una aséptica habitación del hospital Jane Brown Memorial (en Providence, Rhode Island, misma tierra que lo vio nacer y de la cual contadas ocaciones quiso alejarse) Howard Phillips Lovecraft, un hombre que siempre se supo un extranjero; un extraño en este siglo y entre todos los que aún son hombres; inventor del horror cósmico y creador de descomunales deidades primigenias, horrendas, indiferentes, eternas y tentaculares, a la temprana edad de 46 años, justo cuando su suerte como escritor profesional parecía comenzar a cobrar un verdadero impulso gracias al apoyo y buenos oficios de algunos de sus amigos más allegados e integrantes del denominado Circulo de Lovecraft.

A Lovecraft, quien firmara su correspondencia bajo el seudónimo del Sumo Sacerdote, le tocó lidiar con la incomprensión de la crítica y de los lectores del género como a muchos artistas poco valorados en sus correspondientes épocas. Robert Albert Bloch, importante miembro del citado grupo, escritor de Psicosis, escribiría a este respecto 53 años después de la muerte de su estimado amigo en Carta abierta a H. P. Lovecraft:

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Sed de terror

El hechizado por la fuerza de Francisco de GoyaLa torre negra crece a media noche,

cuando el búho canta…

Vuelan las brujas en grandes escobas

al juntarse las agujas del reloj…

–Francisco Gabilondo Soler, Cri-Crí.

Es comprensible nuestro gusto por las historias fantásticas que dibujan mundos maravillosos y trazan futuros prometedores. Es racional la identificación con los héroes que superan miles de dificultades. Es completamente lógico que en muchas ocaciones intentemos emular sus gestos, sus dichos, su vestimenta. Sin embargo existe un aspecto que resulta curioso, extraño, intrigante: nuestro gusto por el horror y el miedo; la fascinación por los villanos, por los personajes oscuros y perversos; una sed de terror que incluso impulsa a muchos a retar al peligro, pues algo que tienen en común los deportes extremos con la literatura, el cine y las casas de horror es esa cierta sensación de peligro, una angustiante inminencia, un seductor y liberador espanto.

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