Viajando entre lineas

Moonrise Kindom

Hay frases que a fuerza de ser dichas una y otra vez pierden efectividad, frases cuya contundencia original queda sepultada bajo miles de repeticiones, frases que al menos en el sentido literario están prácticamente vedadas pues dejan de ser elocuentes tras convertirse en el lugar común favorito de la mayoría con lo cual su uso sólo es permitido cuando el escritor hace gala de una narrativa genial ante la absoluta necesidad de la misma. Porque hay frases que son insustituibles cuando se trata de expresar determinadas ideas, como aquella que expresa que no es el lector quien elige al libro, sino el libro quien elige al lector.

Recuerdo los primeros e infructuosos intentos de nuestro sistema educativo por lograr que mi generación se sintiera atraída por la lectura durante mis años de educación primaria. Decenas de libros transitaron por mis manos infantiles, títulos y títulos de grandes obras adaptadas a los gustos de un niño: Las mil y una noches exentas de sangre, en presentaciones individuales y sin siquiera una mención de Scheherezada; los cuentos clásicos de Charles Perrault y los hermanos Grimm desprovistos de mutilaciones; Moby Dick reducida a 20 paginas… En fin, delgados libros de hermoso diseño, pocas y grandes letras, muchos y atractivos dibujos, en cuyos diseños no dudo que haya existido buena voluntad, pero como dicen de buenas intensiones está tapizado el camino al infierno. A aquellas historias les faltaba el alma, el espíritu que sus creadores querían plasmar con cada palabra y simbolismo empleado.


Después vinieron los libros recomendados, una bonita forma de decir impuestos: El principito, Pedro Páramo, El llano en llamas, El Cantar de mio Cid, algunos fragmentos de Don Quijote de la Mancha. Todas ellas lecturas que por el simple hecho de la imposición, así como por su complicación léxica, a excepción claro del primer título, más que despertar un gusto y atracción por la lectura nos alejaba.

El corsario negroA pesar de ello no sólo fueron errores y meteduras de pata, afortunadamente todavía hay maestros de vocación que orientan a sus alumnos ayudándoles a realizar sus hallazgos propios. Por desgracia no recuerdo el nombre de ese maestro, mas sí recuerdo que me impartió la materia de civismo en el primer año de secundaría y que una vez en clase nos dejó de tarea leer un libro cualquiera, género y dimensiones a nuestra elección. El propósito era leerlo completo y reseñarlo no por escrito sino verbalmente frente a clase, si mal no recuerdo después de dos semanas. Lo que me atrajo del libro que elegí no lo sé a ciencia cierta: fue quizá su empastado negro; el hecho que su nombre en el lomo apareciera escrito con letras doradas sobre un fondo verde; los ornamentos al rededor del título; el nombre del autor, Emilio Salgari, que a mi parecer tenía algún aire aristocrático; un título, El Corsario Negro, que revela al personaje central de la historia pero que no me daba ningún otro indicio, porque para entonces no sabía qué era un corsario y fue ese enigma el que favoreció otro tanto el que mi mano se dirigiera hacia él.

Recuerdo con total claridad la forma en la que aquel libro me atrapó desde sus primeras lineas, sumergiéndome en una historia de venganza, de amor, de capa y espada, transportándome a una época y lugar diferentes, las Antillas plagadas de piratas del siglo XVII. También recuerdo que al momento de pasar frente al grupo me emocionó tanto el hablar de aquel libro que más que reseñarlo me puse a hablar de él, capítulo por capítulo, hasta que el maestro se vio en la necesidad de frenarme para que otros compañeros participaran también, no sin antes felicitarme por mi lectura.

Resumiendo y como bien dice el escritor mexicano Rafael Pérez Gay a propósito de la magia de los libros, cuando encuentras el adecuado descubres que: Abres una puerta y detrás de ella aparece un mundo, eso es un libro.

Frase, Emilio Salgari

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