Notas al margen

S tipouelen decir los escritores que es difícil determinar el momento en el que un texto a finalizado. Así poner el punto final a cada uno se convierte en una de las tareas más demandantes de dicho gremio.

Y aunque pueda parecer exagerado, éstas son aseveraciones que no carecen de sustento. En el caso de los cuentos o las novelas son los personajes quienes generan tales predicamentos, puesto que llegan a cobrar tal vida en la mente del creador que muchas veces lo que empieza como un relato breve crece hasta convertirse en una saga; y en lo que respecta a los filósofos y ensayistas su tarea no es menos ardua, pues el hablar de un concepto determinado necesariamente implica desarrollarlo mediante el trastocamiento de otros conceptos, polemizar, cuestionar ideas preestablecidas, redefiniciones y, con el tiempo, el replanteamiento de la propia idea, labor que puede ampliarse indeterminadamente.

Sin embargo existe otro aspecto mucho más paranormal que convierte a la escritura en una disciplina que requiere de la revisión y corrección continuas. Un aspecto al cual nuestras mentes modernas, científicas y seculares, no le brindan la misma importancia que los antiguos monjes copistas, escribas o amanuenses del medievo le daban: la nefasta influencia que el demonio Titivillus ejerce sobre los que escriben.

Titivillus
Muchos son los ejemplos que se conservan en antiguos textos sagrados de la intervención de dicho ente, las notas colocadas al margen de dichos textos son los testimonios de tales intervenciones. Y aquellos monjes contaban que Titivillus se divertía provocándoles errores no sólo al momento de escribir sino también cuando leían, utilizando para ello como sus principales armas la inducción del sueño, el cansancio, la apatía o provocando la charla ociosa, logrando con ello hacerles pasar por alto omisiones que iban desde los signos de puntuación hasta letras, palabras o frases completas. Estos textos, por su naturaleza sagrada al ser escritos bajo inspiración divina, no podían ni debían ser destruidos y es por ello que se dejaban márgenes amplios para poder ser corregidos con posterioridad.

Recientemente, con un afán de autocrítica y revisión de mis colaboraciones para este suplemento, revisando algunos textos anteriores llegué a tres importantes conclusiones: la primera, que la influencia de dicho demonio no ha desaparecido; la segunda, que ésta no exclusiva de los monjes y hombres de fe; y la tercera, sobretodo cuando leí en uno de esos textos: ¿Cómo es que los buenos escritores parecen estar colmados de grandes ideas, echando mano de ellas en geniales textos con la misma facilidad que un mago saca un conejo blando de su chistera? (aprovecho aquí para decir que la frase correcta tenía que ser un conejo blanco)1, que ni siquiera los correctores de estilo quedan exentos de su nefasta influencia.

1 En Epifanías I, Ágora domingo 1 de junio de 2014, pag. 9

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Un comentario en “Notas al margen

  1. No existen obras acabadas, sólo abandonadas. Las obras que se consideran perfectas (Pedro Páramo, El proceso, Crimen y castigo, 1984, Una temporada en el infierno, Pequeños poemas en prosa, Los recuerdos del porvenir), ¿acaso no podrían mejorar si se les diera una lectura cuidadosa para corregir una o dos comas o puntos, cambiar ésta o aquélla palabra, quitar tal o cual frase que nada aporta? Pero es una tarea infinita e interminable. Así que por salud mental, mejor lo dejamos hasta aquí, diría un escritor, y pasamos a la siguiente obra.

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