Memento Mori

“– ¿Quién eres tú?

La muerte.

¿Es que vienes por mí?

Hace ya tiempo que camino a tu lado.

Ya lo sé.

¿Estás preparado?

El espíritu está pronto, pero la carne es débil. Espera un momento.

Es lo que todos decís, pero yo no concedo prorrogas”. Max Von Sydow, como Antonius Block, y Bengt Ekerot, la Muerte, en El séptimo sello (1957) de Ingmar Bergman.

¿Quiénes somos? ¿De dónde venimos? ¿Hacia a dónde vamos? Tres preguntas que nos han obsesionado como humanidad desde que comenzamos a tener noción de nuestro existir finito y para las cuales religión, filosofía y ciencia se han ocupado en buscar respuestas. Lo verdaderamente curioso se encuentra en cómo su reflexión, aun cuando implica la libre elección del enfoque que más nos convenza, nos afecta en diferentes grados, en etapas distintas de nuestras vidas: que si somos creación divina, una pasión inútil o una máquina biológica perfecta; que si procedemos de Dios, si somos eyectados a una realidad determinada de manera incierta o el producto de una serie de casualidades extraordinarias; son todos ellos razonamientos que si bien desde el dogma, la teoría y el conocimiento parecen claros, la muerte, la cual ronda al enfrentarnos a la tercera pregunta cimbra por igual al creyente, al sabio, al investigador.

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El ascenso del Circulo de Lovecraft

La mañana del 15 de marzo de 1937, hace 80 años, fallecía en una aséptica habitación del hospital Jane Brown Memorial (en Providence, Rhode Island, misma tierra que lo vio nacer y de la cual contadas ocaciones quiso alejarse) Howard Phillips Lovecraft, un hombre que siempre se supo un extranjero; un extraño en este siglo y entre todos los que aún son hombres; inventor del horror cósmico y creador de descomunales deidades primigenias, horrendas, indiferentes, eternas y tentaculares, a la temprana edad de 46 años, justo cuando su suerte como escritor profesional parecía comenzar a cobrar un verdadero impulso gracias al apoyo y buenos oficios de algunos de sus amigos más allegados e integrantes del denominado Circulo de Lovecraft.

A Lovecraft, quien firmara su correspondencia bajo el seudónimo del Sumo Sacerdote, le tocó lidiar con la incomprensión de la crítica y de los lectores del género como a muchos artistas poco valorados en sus correspondientes épocas. Robert Albert Bloch, importante miembro del citado grupo, escritor de Psicosis, escribiría a este respecto 53 años después de la muerte de su estimado amigo en Carta abierta a H. P. Lovecraft:

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La piel rebelde del lector

Aceptémoslo vivimos en un mundo repleto de normas y reglas preexistentes a nuestra aparición en él; el entorno cultural, religioso, filosófico, político y económico en el cual nacemos, aunado al punto del globo en el que hacemos nuestro repentino acto de aparición, inciden en la fundamentación social y particular de conceptos que a primera vista pueden parecer tan sencillos como: lo bueno, lo malo, la belleza, lo normal…

Sobre la construcción de tales conceptos es que también se erigen los ideales, los prejuicios, las aspiraciones, los estereotipos, nuestros deberes y nuestras necesidades.

Resulta pues bastante curioso cómo el individuo (de acuerdo a una visión aún imperante) todavía no nace cuando ya se espera de él que al crecer estudie algo productivo, que trabaje en algo redituable, que se case con una mujer si es un hombre o viceversa, que tenga hijos y que a su vez les oriente por el camino correcto.

En El miedo a la libertad, Erich Fromm señala lo siguiente:

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El impulso heroico

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…¿No sois vos el Gandalf responsable de que tantos jóvenes apacibles partiesen hacia el Azul en busca de locas aventuras? Cualquier cosa desde trepar árboles a visitar elfos… o zarpar en barcos, ¡y navegar hacia otras costas! ¡Caramba!, la vida era bastante apacible entonces… Quiero decir, en un tiempo tuvisteis la costumbre de perturbarlo todo en estos sitios. Os pido perdón, pero no tenía ni idea de que todavía estuvieseis en actividad.

…Mi perdón te lo doy. De hecho iré tan lejos como para embarcarme en esa aventura. Muy divertida para mí, muy buena para ti… y quizá también muy provechosa, si sales de ella sano y salvo. El hobbit, J. R. R. Tolkien.

Hay al inicio de cualquier empresa un contradictorio conjunto de emociones que embarga a quien es llamado a emprender la aventura: curiosidad y temor; deseos de recorrer caminos nuevos y nostalgia por lo que se deja atrás; apremio y resistencia; emoción y dudas, muchas dudas… Abrumador coctel de emociones que termina por paralizar a muchos y que sólo algunos, los menos, optan por tomar no obstante los riesgos del camino, de ahí que éstos sean llamados héroes.

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Sed de terror

El hechizado por la fuerza de Francisco de GoyaLa torre negra crece a media noche,

cuando el búho canta…

Vuelan las brujas en grandes escobas

al juntarse las agujas del reloj…

–Francisco Gabilondo Soler, Cri-Crí.

Es comprensible nuestro gusto por las historias fantásticas que dibujan mundos maravillosos y trazan futuros prometedores. Es racional la identificación con los héroes que superan miles de dificultades. Es completamente lógico que en muchas ocaciones intentemos emular sus gestos, sus dichos, su vestimenta. Sin embargo existe un aspecto que resulta curioso, extraño, intrigante: nuestro gusto por el horror y el miedo; la fascinación por los villanos, por los personajes oscuros y perversos; una sed de terror que incluso impulsa a muchos a retar al peligro, pues algo que tienen en común los deportes extremos con la literatura, el cine y las casas de horror es esa cierta sensación de peligro, una angustiante inminencia, un seductor y liberador espanto.

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No se olvida

marco-tulio-ciceronUna famosa frase del político, jurista, filósofo y orador romano Marco Tulio Cicerón, reza: Los pueblos que olvidan su historia están condenados a repetirla. De ahí la importancia de mantener vivos en la memoria hechos aún tan trágicos como el 2 de octubre de 1968.

Personalmente, puedo decir, tengo la fortuna de contar con la amistad de personas que en su momento participaron de una u otra forma en aquella manifestación estudiantil y he visto cambiarles dramáticamente sus semblantes, empañarse sus ojos y escuchado sus voces quebrarse al relatarme sus experiencias y su desazón al no acertar aún a comprender el porqué de aquella violenta represión.

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Poderosas influencias

locomotora

Cuando pienso en una época dorada para la literatura sin duda el siglo XIX resplandece con luz propia. Es ahí donde están la mayoría de mis héroes literarios publicando sus historias y novelas por entregas; viajando y escribiendo crónicas brillantes; moviendo conciencias y polemizando con sus posicionamientos políticos y opiniones diversas; recitando sus poemas, actuando sus historias ante públicos ávidos por escucharles y verles cual verdaderos rockstars.

Londres a finales del siglo XIX
Londres a finales del siglo XIX

Edgar Allan Poe, Charles Dickens, Hans Christian Andersen, Victor Hugo, Alexandre Dumas, Gustave Flaubert, Fiódor Dostoievski, León Tolstói, Robert Louis Stevenson, Mary Shelley, Bram Stoker, Julio Verne y Lewis Carroll, por mencionar algunos cuantos, son sólo una pequeña muestra del amplio abanico de gigantes intelectuales que por entonces circulaban por el mundo. Muchos y variados fueron los encuentros que entre ellos se produjeron, verdaderas y profundas las admiraciones mutuas, diversas los temas por los cuales se interesaron, sumamente originales los enfoques que emplearon en sus obras, grandes las historias que surgieron de esas plumas dando a luz a innumerables e icónicos personajes, los cuales pronto parecieron cobrar vida propia.

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Entre lineas

Hay autores cuyas vidas son fáciles de leer a quienes son avezados en habilidades detectivescas y psicológicas, puesto que, partiendo del hecho de que la utilización de las imágenes, así como demás recursos literarios, son una representación metafórica de la interpretación personal que cada uno hace (o hizo, según sea el caso) del mundo exterior, todos cuantos nos dedicamos a escribir nos convertimos en libros abiertos.

Siguiendo éstas pistas, interpretándolas, es que los expertos pueden perfilar personalidades, intuir ideologías, percibir estados de ánimo o alteraciones de la conciencia e incluso esclarecer, cuando existen dudas acerca del origen, autorías o sembrar razonables dudas.

Siete sabiosEs a partir de tal análisis que muchos pueden casi asegurar que: tanto la Iliada como la Odisea no pudieron haber sido escritas por el mismo Homero; que en los últimos textos de Aristóteles se perciben notables diferencias con las ideas de los primeros, lo cual orilla a pensar que tampoco se trata del mismo personaje; que el Juan del evangelio bíblico es uno distinto al del Apocalipsis; que en la obra de William Shakespeare hay ciertas claves que recuerdan notablemente al estilo de su contemporáneo el poeta y dramaturgo Christopher Marlowe así como a otros personajes de la época, lo cual a puesto a debate para algunos la existencia misma del Bardo; en tanto que en las populares novelas de otro ingles, Lewis Carroll, Alicia en el país de las maravillas y Alicia a través del espejo hay quienes han visto el rastro de cierta experimentación con substancias alucinógenas al momento de escribirlas.

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Viajando entre lineas

Moonrise Kindom

Hay frases que a fuerza de ser dichas una y otra vez pierden efectividad, frases cuya contundencia original queda sepultada bajo miles de repeticiones, frases que al menos en el sentido literario están prácticamente vedadas pues dejan de ser elocuentes tras convertirse en el lugar común favorito de la mayoría con lo cual su uso sólo es permitido cuando el escritor hace gala de una narrativa genial ante la absoluta necesidad de la misma. Porque hay frases que son insustituibles cuando se trata de expresar determinadas ideas, como aquella que expresa que no es el lector quien elige al libro, sino el libro quien elige al lector.

Recuerdo los primeros e infructuosos intentos de nuestro sistema educativo por lograr que mi generación se sintiera atraída por la lectura durante mis años de educación primaria. Decenas de libros transitaron por mis manos infantiles, títulos y títulos de grandes obras adaptadas a los gustos de un niño: Las mil y una noches exentas de sangre, en presentaciones individuales y sin siquiera una mención de Scheherezada; los cuentos clásicos de Charles Perrault y los hermanos Grimm desprovistos de mutilaciones; Moby Dick reducida a 20 paginas… En fin, delgados libros de hermoso diseño, pocas y grandes letras, muchos y atractivos dibujos, en cuyos diseños no dudo que haya existido buena voluntad, pero como dicen de buenas intensiones está tapizado el camino al infierno. A aquellas historias les faltaba el alma, el espíritu que sus creadores querían plasmar con cada palabra y simbolismo empleado.

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